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05 febrero, 2015

El Reloj

Nuestro mundo es un caos de violencia y destrucción. Nuestro mundo es el infierno, o eso dicen aquellos que han vivido lo suficiente. Para mí, sin embargo, es el mundo, a secas, porque no llegué a conocer ninguna otra cosa.
Me llamo Ali, y esta es la historia de cómo salvé el mundo.
***
Hace veintitrés años, los galbatorianos invadieron la Tierra. Syntrex, su líder, consiguió lo que sus antecesores no habían logrado: convenció a un humano para que le permitiera el paso. Siempre me ha parecido irónico que unas criaturas tan imponentes y letales como los galbatorianos necesitaran permiso para entrar en planetas ajenos, como si fueran señoras educadas en vez de monstruosos pulpos metálicos con intenciones asesinas, pero supongo que cada especie tiene un punto flaco.
El de los humanos es la estupidez. No en vano, a través de la historia, se nos ha instado a permanecer en casa y no dejar pasar a extraños, que pueden resultar ser monstruos. Somos lo bastante lelos como para necesitar que nos lo recuerden.
Pero aquí estamos, y todo porque algún triste idiota no hizo caso a la razón y le abrió a Syntrex -un ser enorme, con tentáculos, y supongo que con aliento apestoso- las puertas de nuestro mundo de par en par.
-Ali, ¿estás ahí? –Liam, uno de mis colegas, pasa la mano frente a mis ojos, tratando de llamar mi atención.- Te relevo. Ya se ha puesto el sol.
Asiento, agradecida de poder abandonar mi puesto de vigilancia, y me despido, internándome en el entramado de calles en dirección a la Casa Gris. Se trata del único edificio de la Ciudad que se mantuvo casi intacto tras la Primera Invasión. Desde entonces, la Casa Gris es el núcleo de nuestra pequeña civilización, donde se llevan a cabo las reuniones importantes y donde vivimos los soldados, es decir, todos los que protegemos la Ciudad.
Los Mayores dicen que, en comparación con las Ciudades de tiempos anteriores, la nuestra es poco más que un pueblo. No seremos más de doscientas personas, aunque siempre hay gente de paso, y vivimos en un espacio que se reduce a unas pocas calles, aquellas que quedaron cercadas entre escombros y que ahora son relativamente fáciles de proteger. Hemos ido recuperando edificios y estructuras, de manera que no nos falta nada.
Tuvimos suerte: dentro de la Ciudad quedó un hospital. Tenemos acceso al río para obtener agua, y contamos con un invernadero, construido, según cuentan, a partir de un viejo museo cuyo techo quedó arrasado tras un ataque, donde cultivamos hortalizas y víveres. Además, entre las tareas de los soldados se halla la caza, que nos permite de vez en cuando traer carne a la Ciudad.
La guerra no ha terminado, aunque la cosa no pinta bien para nosotros: los galbatorianos ya se han hecho con casi todo el globo, y siguen destruyendo los pocos focos de resistencia que quedan alrededor del mundo. Si nosotros aún estamos aquí se debe en parte a la suerte, porque podrían haber arrasado nuestro hogar hace tiempo.
Hace cinco años, cuando cayó Londres, una de las sedes humanas más resistentes, los galbatorianos parecieron darse un respiro. Se nota que ambos bandos estamos cansados. Esta guerra ha durado demasiado tiempo.
***
Para matar un galbatoriano hay que ser básicamente un superhéroe.
No estoy de coña: aún recuerdo mi entrenamiento cuando no era más que una niña. A mi pelotón y a mí se nos exigía más de lo que cualquier soldado adulto pudiera dar.
-¡Vuestro enemigo no es un igual! –Nos gritaba la entrenadora, la teniente Regina, que había luchado durante la Primera Invasión, mientras nosotros corríamos, exhaustos.- ¡Olvidaos del cansancio, olvidaos del dolor! ¡Si sucumbís ante vuestras debilidades, seréis inferiores! ¡Si sois inferiores, moriréis!
El mensaje caló hondo en mi interior, y pronto me convertí en una de las mejores luchadoras de la Ciudad. Éramos más, por aquel entonces, pero también eran más las bajas. Al menos una vez al mes sufríamos el ataque de algún grupo de galbatorianos.
Al principio, se luchaba con balas. Dentro de la Ciudad, se hallan las ruinas de un centro comercial. En su interior, había una tienda de armas muy bien provista, lo cual jugó a nuestro favor. Sin embargo, con el paso del tiempo, la munición se acabó, y tuvimos que perfeccionar la lucha con lanzas y armas blancas.
Yo tenía ventaja, porque mi amistad con Zach, el médico, me garantizaba de vez en cuando el acceso a químicos con los que fabricar explosivos. Aprendí un par de trucos muy interesantes gracias a mi amigo y su química. Aun así, también los explosivos son finitos, por lo que la lanza se convirtió en la única opción.
Los Mayores, que rigen la Ciudad, enseguida se fijaron en mis capacidades, y a pesar de mi juventud, fui nombrada teniente tras la muerte de Regina, que cayó en uno de los ataques.
***
-Entonces, ¿es verdad? –me pregunta Sean, un soldado rubio e hiperactivo de trece años, que come junto a mí en el comedor de la Casa Gris- ¿Es cierto que nació el día de la Primera Invasión, teniente Ali?
Lo miro largamente, intentando decidir si castigarlo por su osadía, o reírme ante la mirada curiosa e inquisitiva de aquellos enormes ojos grises. Hacía mucho que no lo veía tan animado, y eso me hace decantarme por lo segundo. Ya estamos en guerra: eso es suficiente castigo.
-No lo sé –respondo, mordisqueando una zanahoria. Él baja la cabeza, un tanto decepcionado.- Pero entonces era tan pequeña que quizá tengan razón. Me encontraron en una cuna rota, entre los escombros de un edificio esa misma noche. Era un bebé recién nacido, diminuto. Bien podría haber venido al mundo poco antes.
Sean sigue comiendo, con la atención a medias entre su plato casi vacío y la historia que acabo de contar.
-¿Y sus padres? –Pregunta finalmente, cuando yo ya creía que se había olvidado.- ¿Sobrevivieron?
Mi silencio parece alarmarle, porque el muchacho comienza a disculparse, con un tono formal y demasiado adulto, temeroso de haberme ofendido.
-Teniente Ali, no quería... siento mucho...
-No, tranquilo. No pasa nada. –Le contesto. Dudo, pero finalmente rebusco en mi bolsillo y extraigo una foto vieja y muy doblada. Sean me mira, atento- Mira, esta es mi madre. Es todo lo que tengo de mis padres. Nunca conocí a ninguno de los dos.
El muchacho se fija en la mujer de la foto. Podría tener mi edad, y se parece bastante a mí: tiene el pelo negro suelto y sacudido por la brisa, y sonríe feliz a la cámara. Sus grandes ojos castaños parecen desprender luz propia.
-Es muy guapa. –dice el chico, y su voz vuelve a ser la de un muchacho de trece años.
-Sí, ¿verdad que salí a ella?
Sean se sonroja, sin saber qué responder, y yo no puedo evitar reírme.
***
Zach me ha mandado llamar.
Esta mañana me ha tocado vigilancia, y tras la comida, he estado entrenando a los soldados más jóvenes. He tenido que abandonar mis labores, dejando que Sean dirija los ejercicios de entrenamiento, y ahora camino a paso ligero en dirección al hospital.
Es extraño que Zach me requiera de esta manera. Él es muy consciente de la importancia de los soldados, y de que cumplamos nuestras responsabilidades. Yo misma salvé su vida una vez, cuando, durante uno de los ataques, un galbatoriano penetró en la ciudad hasta el hospital. El enemigo atacó a Zach, que salía del edificio, y solo mi llegada evitó que le provocara la muerte.
Zach es solo un poco mayor que yo. Tiene veintiséis años, y todo lo que sabe lo aprendió de su madre, Lorraine, que murió hace poco por una infección. Zach y yo nos criamos juntos, y a pesar de ser tan diferentes, siempre hemos sido amigos. Él se pasaba el día entre libros, estudiando, y yo entrenaba hasta el cansancio, pero a la noche, siempre nos escabullíamos hasta el tejado del hospital y mirábamos las estrellas, contando chistes e intercambiando descubrimientos.
Es cierto que, desde que soy teniente, nos hemos ido distanciando. Ya casi no nos vemos, porque siempre hay enfermos que él debe atender, y siempre hay enemigos contra los que yo debo luchar. Sé que me echa de menos tanto como yo a él, pero soy consciente de que no es por eso por lo que me llama.
Entro al hospital, donde dos jóvenes aprendices atienden a Joanne, la mayor de todos los habitantes, que se ha hecho daño al caerse y necesita una cura. Cuando me ve, la mayor, Lily, me indica que Zach me espera en los laboratorios. Asiento, con una sonrisa. Dónde sino.
Bajo las escaleras de dos en dos. Los laboratorios del hospital son enormes, y siempre están iluminados con una extraña luz blanca que vibra, y que me pone nerviosa. No sé cómo Zach puede pasar tanto tiempo aquí. Lo veo al fondo, inclinado sobre una mesa de trabajo, muy concentrado.
-Hola. –Saludo, y él se gira de golpe, sobresaltado por mi voz. En el silencio, a mí también me ha sonado rara.
-Hola –me sonríe él. Parece mucho más joven cuando no está frunciendo el ceño. Le devuelvo la sonrisa.- Ven, siéntate. –me invita, acercando un taburete para que lo acompañe.
- ¿Qué pasa? –inquiero, preocupada, al recordar por qué estoy aquí.
Zach se gira hacia mí, y noto que está nervioso. Nunca lo había visto así: Zach es la persona más jovial y tranquila que conozco.
-Lo que voy a contarte no lo sabe nadie más. Ni siquiera los Mayores. De hecho, aún no estoy seguro de que deba contártelo. –Se detiene, y se muerde el labio, debatiéndose. Yo aguardo, en silencio.- Pero, bueno... Se trata de uno de los experimentos de mi madre.
Alzo una ceja, confusa. Lorraine era médico, pero antes de la Invasión se había dedicado principalmente a la investigación. Cuando todo se fue al garete, tuvo que centrarse en la medicina, que era lo que se necesitaba, pero aun así se la seguía conociendo por tener siempre uno o dos proyectos locos entre manos. Como cuando se le ocurrió que podría inventar algo que produjera lluvia a nuestro antojo.
Zach era un ratón de biblioteca, pero su madre no se quedaba atrás. Apenas la vi un par de veces haciendo algo que no fuera tratar heridas o crear imposibles, rodeada de libros y apuntes. Sin embargo, que yo supiera, ninguna de aquellas ideas había llegado a cuajar. Todo se quedaba siempre en el papel.
-Sus inventos no eran viables, Zach. Tú mismo me lo dijiste, hace no mucho. –le recuerdo.
Él sacude la cabeza. El sudor perla su frente.
-Ya, pues estaba equivocado. He estado repasando algunos de sus apuntes, los últimos en los que llegó a trabajar. Y he descubierto esto. –Zach me extiende uno de los papeles. Varias fórmulas matemáticas, para mí completamente indescifrables, rodean un dibujo. Se trata de una especie de reloj de bolsillo, pero con varias ruedas de doce números. Vuelvo a clavar la mirada en Zach, esperando que se explique- ¿No lo ves? Es un reloj de viaje. Mira –Señala con insistencia una de las fórmulas, y yo suspiro, exasperada.
-¿Qué quieres que vea, Zach? No tengo todo el día.
-Con este reloj, se podría viajar en el tiempo.
Diría que me está tomando el pelo, pero no parece que se trate de una broma.
-¿Viajar en el tiempo? –repito, aun sin variar el gesto de incredulidad que se me ha quedado.
-Sí, mira.
Zach extiende la mano y extrae de uno de los cajones un reloj idéntico al del dibujo. Alzo una ceja, pero no lo interrumpo. Va a tirar de una de las manillas, y, antes de que lo haga, una figura se materializa a su espalda. Salto hacia atrás, dejando caer el taburete. La figura es Zach. Un clon de mi amigo está de pie tras él mismo, y los dos me sonríen. El Zach con el que he estado hablando manipula las manecillas, y desaparece, como un holograma.
-¿Ves? –Responde el Zach recién llegado.- He viajado hacia atrás, unos segundos, y he aparecido a mis espaldas. Con el invento de mi madre, cualquier viaje es posible, desde uno que te desplace segundos, hasta otro que te transporte a la época de los dinosaurios.
El corazón me late a mil por hora, negándose a creer lo que acabo de ver. Y entonces, la realidad me alcanza. De pronto, necesito saber cómo funciona.
-Va... vale. Te puedes mover por el tiempo. Pero, ¿y el espacio? Si viajo al futuro, y en cien años esto son solo ruinas, el espacio en el que estoy ahora lo ocupará la tierra y las piedras. ¿Moriría aplastada o sofocada?
-No, no funciona así. – Mi amigo niega con la cabeza.- Tu cuerpo encontraría una superficie sobre la que materializarse.
-De acuerdo. ¿Y el efecto mariposa?
-No lo sé. No me he atrevido a cambiar nada. Pero supongo que habrá que tener cuidado.
-Vaya. –Contesto. Me quedo observando el artilugio, que reposa sobre el escritorio, con auténtico interés.- Es precioso.
Zach sonríe, con un entusiasmo creativo que solo he visto en él y en Lorraine.
-Aún no se te ha ocurrido. –murmura, y aunque me está mirando y ha empleado la segunda persona, no sé si me está hablando a mí, o lo ha dicho para sí.
-¿Qué cosa? –respondo, en el mismo tono.
-Los galbatorianos no pueden acceder a un planeta a menos que un humano los invite a entrar. Por tanto, para que se produjera la Primera Invasión, Syntrex tuvo que convencer a alguien para que lo hiciera. –Zach hace una pausa, supongo que esperando a que ate cabos, pero yo lo sigo mirando sin comprender. Mi amigo chasquea la lengua, y prosigue- Si alguien hubiera detenido a ese humano antes de que cometiera semejante locura, nada de esto habría pasado.
Entonces, lo entiendo.
-Podemos acabar con la guerra antes de que empiece. –Murmuro con un hilo de voz.
De pronto, siento miedo. Terror. ¿Qué pasará con nosotros si cambiamos ese hecho crucial de la historia? ¿Desapareceremos? ¿Dejaré de existir? Por un momento, veo con claridad el vacío de la nada en la que podemos acabar si jugamos con el tiempo.
Sacudo la cabeza, angustiada.
-No, tenemos que consultar con los Mayores. Ellos nos dirán qué hacer. Esto no está bien, Zach. Yo no... –Me dirijo hacia la puerta. Ya no quiero estar allí. De repente, el sonido de la luz blanca del laboratorio me resulta insoportable.
-Ali, espera...
-Hasta luego, Zach. –respondo, ya subiendo las escaleras. El mareo no se me pasa hasta que abandono el edificio, y aún entonces sigo teniendo el estómago revuelto.
***
Han pasado varios días.
Zach no ha intentado hablar conmigo, ni ha hecho nada fuera de lo normal. Yo he seguido con mi rutina. Todo parece funcionar con normalidad, y nuestra Ciudad me resulta insultantemente apacible. Me choca no ver cambios en mi mundo, cuando el descubrimiento del reloj ha cambiado mi visión de él por completo.
Tampoco me he atrevido a hablar con los Mayores. Por un lado, dudo que me crean, y por otro, temo que intenten destruir el reloj. Por mucho temor que me inspire, algo dentro de mí me dice que acabar con él sería un error.
Casi no presto atención a los chicos que hacen flexiones ante mí. Miro al cielo, que está nublado y pronto dejará caer algunas gotas. Me pregunto cuánto tiempo falta para la cena. Tengo hambre.
Y entonces suena el estruendo. El sonido, tan repentino como brutal, nos hiela a todos la sangre. Durante un segundo, el pelotón entero parece haberse convertido en piedra. Al instante siguiente, todos cogemos armamento y corremos hacia la entrada, de donde procede el bullicio.
Rodeamos los escombros que delimitan la zona de entrenamiento, y la aterradora escena aparece ante nuestros ojos. Son muchos. Muchos más de los que he visto nunca. A primera vista, puedo contar varias docenas. Enseguida compruebo que superan el centenar. Están intentando entrar en la ciudad: si no fuera porque los muros de escombros dejan poco espacio, ya lo habrían conseguido.
Los soldados acuden de todas partes corriendo, y están intentando frenar su avance. Mi pelotón y yo llegamos a primera línea, y nos enredamos en la lucha. Soy testigo de cómo muchos de ellos, mayoritariamente los más inexpertos, sucumben ante los letales tentáculos del enemigo. Mi compañero Liam, que tiene la misma edad y experiencia que yo, cae a mi lado, con el cuello roto, y me doy cuenta de que no resistiremos.
-¡Diana! ¡Roger! ¡Id a la Casa Gris y evacuad a cuantos podáis! –Grito órdenes entre lágrimas. Mi voz suena tan metálica y rota como el infernal sonido que emiten los galbatorianos. Uno de ellos chilla, atravesado por mi lanza, y me permito disfrutar de su muerte para calmar el dolor por la pérdida de mis amigos.- ¡Taylor! ¡Fabienne! ¡Evacuad el invernadero y a quien quede por las calles!
Los soldados que he nombrado dan media vuelta y se internan en la Ciudad para obedecer mis órdenes. Me deshago de un enemigo más, con un grito de angustia, y pierdo mi daga favorita con la maniobra. Luego, me doy la vuelta y echo a correr hacia el hospital.
***
Nada más atravesar las puertas del edificio, oigo como algo se derrumba, y sé que han logrado entrar en la Ciudad. Cierro las puertas del hospital a mis espaldas en un inútil gesto, y bajo disparada hacia el laboratorio.
No esperaba que Zach estuviera aquí, por lo que verlo de pie, metiendo apresuradamente libros en una bolsa, me deja de piedra un instante.
-¡Eres un idiota! –grito y avanzo hacia él. Golpeo la mesa, enfurecida, y, sin querer, rompo el cristal. La sangre me corre por los dedos, pero ni siquiera miro la herida.- ¡Acabo de perder a mucha gente! ¡Gente valiente! ¡Y tú te sacrificas por unos libros!
-Yo... ya me iba... pero no podía... –Está llorando, y, por un momento, veo en su rostro afligido al niño que era mi amigo, un chiquillo pelirrojo, descuidado y soñador que amaba mirar conmigo las estrellas.
Algo en mi interior cede, y lo abrazo.
-Lo siento, Zach. No hemos podido protegeros.
Él me devuelve el abrazo, y, cuando nos separamos, pone un objeto en mi mano. Es el reloj.
-No podía irme porque te estaba esperando. –Me dice.- Las manecillas están programadas para llevarte un rato antes de que se produzca la Invitación. Estarás cerca del lugar donde sucedió.
Un fuerte sonido nos anuncia que el enemigo ha accedido al interior del edificio.
-Ven conmigo. –ruego. Él niega.
-Sólo puede ir uno. Y yo no soy un soldado.
Asiento, y dos lágrimas me caen por las mejillas. Lo abrazo otra vez, y esta vez no me retiro. Él me acaricia el pelo.
-¿Cómo.... cómo sabré quién es el humano? –pregunto.
-No lo sé. Pero confío en que lo encontrarás. –me responde.
El estallido de una de las cristaleras precede al galbatoriano, que irrumpe en el laboratorio. Sus tentáculos se mecen amenazadoramente frente a nosotros.
-¡Ahora, Ali! ¡Presiona el botón! –Grita Zach.
Yo asiento, le pongo la lanza en la mano, lo beso en la frente y obedezco.
Llego a ver como el galbatoriano se abalanza sobre nosotros con un chillido metálico antes de que mi visión se nuble por completo.
***
Todo a mi alrededor es ruido, y mis cinco sentidos se ven abarrotados de pronto por todo tipo de estímulos. Me habían advertido que el pasado era un pandemónium de sonidos y colores, pero no me esperaba tanto. Un cartel que aparece y desaparece me anuncia que estoy en Nueva York, en la Octava Avenida, y que son las dos y media de la tarde.
Nunca había visto tantos humanos juntos. Avanzan como una marea insondable. No puedo contener las lágrimas recordando a mi gente. Recordando a Zach, y a tantos otros que han muerto frente a mí. Niego con la cabeza enérgicamente, y me digo que aún no he perdido. Estoy en una misión, y voy a salvarlos a todos.
Echo a andar sin rumbo, buscando algo que me oriente. Es muy frustrante, porque no sé qué estoy buscando. Aquí, humanos hay muchos, pero no tengo ni idea de cuál es el mío. Podría ser cualquiera.
Entonces la veo. Su rostro capta mi atención de inmediato, y hace que, por un instante, mi corazón cese de latir. Nunca la he visto antes, pero me conozco su cara de memoria, gracias a la foto.
Frente a mí, camina mi madre. Se la ve seria, preocupada y distante. Lleva el pelo recogido, y viste una gabardina color carne. La sigo con disimulo, sintiendo como si estuviera en un sueño. No me imaginaba que fuera tan guapa, ni tan perfecta. O será que me lo parece a mí.
La mujer gira una esquina y entra en un edificio. Maldigo por lo bajo, y doy la vuelta, hacia el callejón, buscando la escalera de incendios. Asciendo por ella con la agilidad y seguridad de las que mi entrenamiento me ha dotado. En el primer piso, un hombre mira un partido de fútbol, gritándole a la pantalla de la tele. Nunca había visto una en funcionamiento, pero me sobrepongo a la sorpresa, y continúo hacia arriba.
Ella está en el segundo. Me agacho para que no me vea, y observo. La mujer se quita el abrigo, y coge a un bebé, arrullándolo. Bajo la mirada, incómoda. Sé que ese bebé soy yo, pero me da la impresión de este es un momento íntimo en el que no soy bienvenida. La madre deja el bebé otra vez en la cuna, y le canta.
Su expresión, sin embargo, es de preocupación y duda. Tiene la mirada fija en el enorme espejo de cuerpo entero que hay en la pared. Cuando el bebé se ha dormido, la mujer se pone de pie. Suspira, con cierto nerviosismo y se acerca al espejo. Cuando se halla frente a él, clava su mirada en el cristal y habla.
-Te llamo, Genio. Ven a mí.
Su reflejo desaparece, y contemplo, atónita, como es sustituido por el de un hombre. Hay algo raro en esa imagen, pienso, extrañada. Es un hombre, sí, pero su rostro parece mecánico, artificial. Demasiado perfecto y poco expresivo. Casi robótico. Solo cuando habla comprendo por qué.
-Aquí estoy, señora. –Responde la voz de Syntrex. Lo he oído hablar en sus muchos comunicados exigiendo rendición a los focos de resistencia humanos. En esta ocasión su timbre metálico se ve levemente suavizado por un tono humano. No entiendo como esta mujer ha caído en un truco tan burdo.- ¿Cómo puedo ayudaros?
Así que es mi madre. El humano idiota que abrió la puerta a los destructores de la Tierra fue mi madre. Espero que la estupidez no se lleve en los genes.
-Estoy lista. –Contesta, y Syntrex sonríe. El gesto me pone los pelos de punta.- Pero si hago esto, Genio, traerás a mi marido de vuelta.
¿Por qué lo llama “genio”? Recuerdo esos personajes, de los cuentos que nos contaban los Mayores a los más pequeños. Conceden deseos, pero son traicioneros. Caigo en la cuenta de que la mujer se ha dejado llevar por la superstición y cree que el galbatoriano es una de esas criaturas mágicas.
-Se hará como pedisteis, mi señora. –Concede el ser.- Si me abrís la puerta, traeré conmigo a vuestro marido.
-¿Qué... qué tengo que hacer? –inquiere nerviosa.
-Dadme vuestra sangre. –pide Syntrex. El reflejo extiende el brazo, y retrocedo instintivamente al ver que un tentáculo de metal atraviesa el espejo, casi con timidez, hacia mi madre. Visto así, casi parece inofensivo.
Ella titubea, y yo reacciono. Salto hacia el interior de la vivienda, y me hago con la lámpara de pie que hay junto al sofá. Ambas figuras me miran, y antes de que tengan tiempo para reaccionar, clavo la lámpara en el espejo con un grito de guerra. El cristal parece haber adquirido una textura viscosa, y el arma lo atraviesa sin problemas. Noto como se clava en el cuerpo de Syntrex. Una corriente eléctrica atraviesa la lámpara y fríe al galbatoriano, que chilla de dolor y horror desde el otro lado del espejo. El cristal humea.
En el momento en que el líder de los galbatorianos sucumbe, el portal se cierra. El espejo se rompe, y el trozo de lámpara que estaba de mi lado cae al suelo. La mujer, que ha contemplado toda la escena en un horrorizado silencio, grita en un ataque de pánico.
-¡Sal de mi casa! –me ordena. El bebé empieza a llorar, y su madre se acerca a la cuna.- ¡He dicho que te vayas!
La mujer me lanza una estatuilla, que esquivo sin esfuerzo, y yo pillo el mensaje.
Ya he salvado el mundo, así que nada me retiene en esta habitación. Dedico una última mirada de cariño al bebé y a su histérica madre antes de escabullirme por donde he venido.
***
Ya viene.
Lo llevo notando todo el día, perdiendo recuerdos uno a uno. Mi cuerpo se ha mostrado cada vez más torpe, hasta que he tenido que dejarme caer en un banco, junto a un parque casi vacío. He contemplado como los últimos niños se marchaban a casa con sus padres, y luego me he echado boca arriba sobre el banco, para mirar las estrellas.
Me ha encantado esta breve estancia, de apenas unas horas, en el loco mundo del pasado. Creo que podría acostumbrarme a vivir aquí. Es un lugar caótico, ruidoso, abarrotado e histérico, pero tiene un encanto único. Ahora entiendo la añoranza que veía en los ojos de aquellos habitantes de la Ciudad que habían vivido en esta época.
Pero ahora la Ciudad nunca ha existido ni existirá. Syntrex nunca conquistará la Tierra, y toda mi vida, todo lo que conozco, nunca ocurrirá. No sé qué emoción predomina; si la pena, el terror o el desconcierto. A medida que mi existencia se difumina, a medida que el tiempo se reajusta a sí mismo eliminando los últimos cabos sueltos, cada vez me importa menos.
Nada más salir del edificio de mi madre, busqué en mis bolsillos el reloj, quizá esperando volver, pero ya no estaba. Fue lo primero en desaparecer, supongo que porque es lo que tenía menos probabilidades de existir. Sonrío, recordando mi primera reacción al ver el extraño artilugio.
Alzo la mirada hacia el cielo, y repaso mentalmente las constelaciones que Zach me enseñó. Me pregunto dónde estará mi amigo ahora, y qué será de él. Ahora tendrá una vida segura, llena de posibilidades, al igual que ese bebé que mi madre sostenía. Al igual que todos los que vivieron y murieron en la Ciudad.
Cierro los ojos, y dos lágrimas se escapan. Sonrío, y lo último que pienso es que ojalá que el Zach y la pequeña Ali de este mundo se conozcan algún día y se hagan amigos, para que puedan contemplar las estrellas, como lo hicimos nosotros en su momento.

Mi cuerpo se desvanece, y soy libre.

May Parodi

El libro de vudú

Me llamo Eric. Tengo 17 años y vivo en Belcher, Luisiana, en un barrio de esos pijos con casas idénticas y jardines perfectos. Todo a mi alrededor parece sacado de una revista de Martha Stewart: casas impecables, maridos con traje que se van a trabajar sonrientes, esposas perfectas vestidas en tonos pastel que preparan la comida silbando alegremente, chicos deportistas y populares y coches de marca recién adquiridos en cada garaje. Falta solo una de esas musiquillas de dibujos animados para que terminemos de parecer una maqueta a escala real.
Solo yo interfiero en el ambiente jovial de mi pueblo: al contrario que mis vecinos, soy un chico callado, poco sociable y siempre visto de negro. No me va la música tribal o electrónica que escucha la gente de mi edad: prefiero letras con sentido, música que transmita emociones, que tenga mensaje. No, por si te lo estabas preguntando, no soy gay. Solo tengo buen gusto.
***
Ethan Dumont era el tío guay del instituto. Siempre hay uno: el que se cree el macho alfa, quarterback del equipo de Belcher. Siempre rodeado de su pandilla de tíos cachas y descerebrados, nos la tenía jurada a todos los que no fuéramos como él. A mí me tenía especial manía. No me explico por qué, aunque seguramente tuviera que ver con las calaveras que decoraban mis carpetas, o a las cruces plateadas del brazalete que me había regalado mi madre antes de morir, y que siempre llevaba puesto.
Una o dos veces en semana, Ethan sentía la necesidad de mostrar su superioridad gastándome alguna broma pesada y humillándome públicamente. Ya me daba igual: estaba bastante acostumbrado, y no me afectaba nada de lo que pudiera hacerme o decirme.
Sin embargo, hubo una ocasión en la que sí me molestó, y mucho. Estábamos en la fiesta de Halloween de Stacey Newton, una tía popular cuya casa es la más grande del pueblo. Todo el mundo llevaba disfraces menos yo, que había ido con mi mismo atuendo de siempre. No sé por qué fui: sabía que nadie me esperaba. Pero era Halloween, una fiesta que me encanta, y sentí la necesidad de... no sé, de salir de casa.
Nada más ver a Ethan, vestido de Tarzán para mostrar cacho, me di cuenta de mi error, y decidí marcharme. Pero era tarde; me había visto.
-¡Eh, muchachos! –Gritó el quarterback, feliz de poder marcar territorio- ¡Pero si Drácula ha decidido honrarnos con su presencia! ¡Qué detalle!
Quise escabullirme, pero ya me habían rodeado.
-¡Vamos, di algo! Hoy es tu noche, ¿no? –Ethan se acercó, sonriendo burlonamente. Me encerré en mi interior como siempre que está cerca. Es más grande que yo, más fuerte y con más guardaespaldas. Es mejor encogerse y esperar a que se aburra. Cansado, Ethan me echó el vaso lleno de cerveza por el pelo. El frío repentino me hizo boquear para coger aire.
Todos los colegas se rieron a carcajadas, y yo me enfadé conmigo mismo por haber ido allí. A veces, no brillo por mi inteligencia.
Ya me retiraba, cuando Ethan me cogió del brazo. El tirón me arrancó el brazalete plateado, que cayó al suelo. Volví en mí y me apresuré a recogerlo, pero Ethan, viendo mi interés por el objeto, lo pisó con saña antes de que pudiera recuperarlo. El metal no resistió, y el regalo de mi madre, brillante y hermoso, quedó destrozado.
Dos lágrimas se me escaparon, de la pena tan grande que me embargó por perder aquel brazalete, y mi dolor solo supuso más divertimento para Ethan y su pandilla.
-¡Sois unos monstruos! –Grité, y mi voz desgarrada enmudeció a toda la multitud, que no estaba acostumbrada a oírme hablar, menos gritar. Solo se oía de fondo la música enfermiza que tanto les gusta- ¡Sois la escoria del mundo!
Ethan fue el primero en reírse, y todos los demás lo imitaron, ignorando mi rabia y mi pena, y siguiendo con su celebración. Yo salí de aquella casa, otro símbolo de su imperio de locura y falsedad, y eché a andar. Todo aquello me había traído recuerdos de mi madre, de su voz, de su sonrisa, de todo lo que había perdido en aquel accidente de coche cuando solo era un niño. Ya ni siquiera tenía su brazalete para recordarla.
Caminé sin rumbo, sin objetivo, durante algo más de una hora. Sin pensar alcé la vista, buscando la luna, y me di cuenta de dónde me hallaba. Había llegado a la Casa Encantada.
En realidad, nadie sabía si estaba encantada o no, pero su apariencia, al menos, lo daba a entender. Lúgubre, oscura, desierta y de difícil acceso, aquella propiedad siempre me había llamado la atención. El edificio había sufrido un terrible incendio, hacía más de cien años, y se alzaba negro como el carbón. Desde que era un niño, la Casa Encantada había ejercido en mí una extraña atracción. Sin embargo, hasta aquella noche, nunca me había atrevido a entrar.
Pero qué más daba. Estaba cansado, triste y solo, y me apetecía cometer alguna que otra estupidez. Salté la valla sin muchos problemas, y avancé entre el alto y descuidado césped intentando no ser visto. No es que nadie pasara por allí, pero mejor prevenir.
La misma arquitectura del edificio parecía denotar cierta locura. Una larguísima escalera se alzaba irregularmente hasta la casa, cuyo tamaño parecía fluctuar entre gigantesco y demasiado pequeño según el instante en que se la estuviera mirando. Casi daba la sensación de que la casa cambiara por momentos, como si nunca fuera la misma. Además, tan alta se hallaba que parecía estar volando. Recuerdo haberme preguntado cómo era posible que los cimientos aguantaran un edificio de semejante tamaño a aquella altura.
No me lo pensé mucho, sin embargo, y subí la escalera de piedra derruida con cierta precipitación. No me sentiría a salvo hasta estar dentro, resguardado de miradas inoportunas. La puerta de madera se resistió, hinchada por la humedad, pero tras un par de fuertes tirones logré abrirla. La cerré tras de mí, y solo entonces me atreví a respirar. Frente a mí, el enorme recibidor se extendía negro por el tizne. No quise acercarme demasiado a las paredes, porque estaba seguro de que me mancharían como el carbón.
Me interné en la casa, explorando, pero no había nada. No quedaban muebles: estaba casi seguro de que la casa no estaba habitada cuando se produjo el incendio, y los muebles del anterior propietario seguramente se habían vendido. Sin embargo, el edificio en su totalidad presentaba aquella negrura propia del humo y de las llamas. Era precioso, me dije. Quizá algún día podría comprar aquella casa y vivir allí.
Sonreí, y me giré, dispuesto a marcharme. Pero una imagen me retuvo. Frente a mí, había un fantasma. Digo que era un fantasma, porque su forma era traslúcida y brillante. Era evidente que lo era, y yo, que siempre he adorado lo sobrenatural, no lo dudé un instante. Era el fantasma de una chica de unos quince años. Llevaba un amplio vestido beige, con  muchos volantes y pliegues. El cabello castaño le caía en bucles sobre los hombros, en un semi recogido.
Nos quedamos mirándonos un largo instante; yo, analizando su aspecto; ella, sorprendida y asustada. Espera... ¿asustado? ¿Un fantasma?
-¡No me hagas daño! –rogó la aparición, alejándose un par de pasos de mí. Su voz sonó amortiguada, y no parecía venir de un solo sitio. Bajó la mirada, avergonzada- No sé quién eres, pero no tengo nada. Por favor, vete.
Yo alcé las manos en un intento por tranquilizarla.
-Tranquila. Eh, tranquila. –Ella me miró, con unos ojos grandes y atemorizados. Me escuchaba.- Yo... solo venía... de visita. Ya sabes, a ver qué había en esta casa.
Ella no respondió, solo siguió mirándome. Debió haber sido muy guapa en vida.
-¿Vives aquí? –pregunté. La chica pareció pensárselo, y debió ver que yo no suponía ningún peligro, por lo que el susto inicial comenzó a disiparse. Su postura ya no parecía tan tensa.
-Sí. –contestó sin más.
Yo busqué algún rincón donde la madera no hubiera sido calcinada, algún sitio donde  sentarme, y lo hallé junto a la puerta trasera. Me dejé caer allí y contemplé encantado el cielo azul y cuajado de estrellas. La chica apareció a mi lado, sentada en el mismo escalón. La observé de reojo y vi que también admiraba el cielo.
-¿Estás muerto? –Preguntó la muchacha aún sin mirarme.
-No. –respondí.
-¿Y no me tienes miedo? –Ahora sí se giró hacia mí, muy seria. Imagino que mi respuesta le importaba mucho.
-No. ¿Por qué iba a tenértelo? –contesté, con la misma seriedad.
Ella sonrió, y fue una sonrisa cálida, de transparente alegría. La sonrisa más viva que había visto en mucho tiempo.
-Me llamo Emily.
-Yo, Eric.
Nos quedamos allí sentados largo rato, sin hablar, disfrutando en silencio de nuestra mutua compañía.
***
A partir de aquel día, fui a menudo a ver a Emily. Todas las tardes después de clase, cuando se ponía el sol, emprendía el camino hacia la Casa Encantada a ver a mi amiga. Casi siempre nos quedábamos sentados allí, junto a la puerta trasera, hablando sin parar, intercambiando historias de la vida de ambos.
Al principio, Emily apenas recordaba su propio nombre. Me explicó que era difícil entender el orden de los sucesos y el paso del tiempo cuando no se tiene un cuerpo que te lo recuerde constantemente. Pero con el paso de los días, cada vez fue acordándose de más cosas.
Emily se apellidaba Batton y había vivido antes incluso de la Guerra Civil, cuando aún existían los esclavos. Me contó que se había criado allí, en aquella casa, junto a su padre, un hombre severo que no compartía mucho tiempo con ella, y su criada, Marie. Su madre había muerto durante el parto.
Siempre me había llamado mucho la atención el pasado; cómo era la gente de antes, su sociedad, sus costumbres, la extinta cortesía... Emily contestó todas mis preguntas, divertida ante mi entusiasmo por cosas que a ella le parecían normales y cotidianas.
De vez en cuando, alguna de mis preguntas tocaba algún tema que a ella también le interesaba, como la pintura o el arte, y entonces se le encendían los ojos y le brillaban las mejillas mientras relataba con emoción algún suceso de su vida. Me encantaba escucharla, y contemplar como su imagen traslúcida brillaba como el pálpito de un corazón luminoso.
A veces, tras alguna anécdota graciosa, nos reíamos a carcajadas hasta no poder más. Su risa era muy contagiosa. Y a veces, solo disfrutábamos en silencio de la compañía del otro.
En una de estas ocasiones, me di cuenta de que el semblante de Emily mostraba un gesto nostálgico. Fruncía levemente el ceño, y tenía la vista clavada en la enorme falda de su vestido.
-¿Qué ocurre? –inquirí.
-Es... no es nada. –dijo ella, restándole importancia.- Es una tontería. Solo pensaba en que fue una pena morirme con este vestido. Era el más feo de todos los que tenía.
Me reí, divertido por su dilema, y ella me devolvió una sonrisa.
-Todos mis trajes solían tener estampados de flores. Me encantaban las flores cuando estaba viva. –Emily suspiró.
Yo me incliné hacia mi izquierda, donde, entre las grietas de los escalones de piedra, crecían unas cuantas margaritas. Arranqué una, y se la ofrecí a mi amiga.
-Ojalá pudiera darte algo mejor. –Le dije. Ella me dedicó otra de sus sonrisas, una grande y llena de ternura. Intentó cogerla, pero la flor no se quedó entre sus dedos, sino que la atravesó y cayó nuevamente sobre el escalón.
-Ojalá pudiera sostenerla. –Dijo solamente.
***
Al día siguiente, cuando llegué del instituto, Emily me esperaba ya sentada en nuestro sitio. Noté que había pasado algo, y me apresuré a ocupar mi sitio junto a ella.
-¿Emily? ¿Va todo bien?
-Eric –Me sonrió a modo de saludo. Enseguida recordó lo que fuera que la preocupaba, apartó la mirada, inquieta, y su rostro se ensombreció otra vez.- Hay algo... he recordado algo. Algo que se me había olvidado hasta ahora.
Ladeé la cabeza sin comprender. Esperé paciente a que hablara. Tras unos instantes, clavó en mí su mirada.
-Ya sé cómo morí, Eric.
Lo habíamos estado hablando, y aunque la memoria de Emily mejoraba cada día, nunca lograba recordar su muerte. No le habíamos prestado mucha atención; había otras cosas en las que pensar. Sin embargo, su actitud me preocupó. Esperé a que hablara, pero mi amiga permanecía callada.
-¿Quieres contármelo? –tanteé. Mi voz la sobresaltó. Dudó un momento.
-Tengo miedo de que te asustes y salgas corriendo. –confesó con un hilo de voz.
-Tranquila –dije, tratando de calmarla, como la primera vez que nos habíamos visto- Puedes confiar en mí. No voy a salir corriendo.
Una nueva corriente de duda atravesó sus ojos, pero finalmente se decidió:
-Era una tarde de julio de 1859. –Comenzó- Yo me peinaba frente al enorme espejo de mi cuarto, que estaba en el piso de arriba. Marie, mi criada, limpiaba la habitación, y, mientras lo hacía, me contaba los sucesos del día. Jean, uno de los esclavos que cultivaba los campos de mi padre, llevaba tiempo cortejándola, y, como éramos amigas, tenía muchas cosas que contarme.
>> Lo vi de casualidad. Algo sobresalía por debajo de mi armario. Marie lo había movido sin querer con la escoba, y, como seguía hablándome, no se había dado cuenta. Me levanté para ver qué era, y al sostenerlo entre mis manos vi que se trataba de un libro. Desprendía una energía oscura, y los símbolos de la cubierta no me tranquilizaban. En el lomo, en francés, podía leerse “La Magia del Vudú”.
>> Marie me había estado dando la espalda mientras limpiaba una de las ventanas, pero entonces se giró y vio lo que había descubierto. Yo, muda de asombro, fui incapaz de moverme o de reaccionar mientras la criada lloraba, de rodillas ante mí y prendida a mi falda, rogándome que no le contara a nadie lo que acababa de descubrir.
>>Marie practicaba la magia negra. Bajo mi mismo techo.
>>Mi amiga era una bruja.
Llegados a este punto, Emily hizo una pausa, perdida en sus pensamientos. A pesar de morirme por conocer el final de la historia, fui paciente y esperé a que continuara.
-Todo ocurrió muy rápido. El barullo alertó a mi padre, que se acercó a ver qué ocurría. Me vio con aquel libro en la mano, y apenas reparó en la criada. Se acercó a mí gritando, reclamando explicaciones. Su voz me devolvió a la realidad. Marie ya se levantaba, dispuesta a confesar, cuando algo se apoderó de mí. Sabía que condenarían a Marie a muerte, y se trataba de mi amiga. Pensé... pensé que a mí me perdonarían, por ser quien era. “Es mío, padre” declaré. Marie intentó desmentirlo, pero era su palabra contra la mía, y yo era la señora.
>>No lo vi venir. Nunca creí que mi padre pudiera hacerme daño. Pero el golpe que me dio fue tan brutal que me derribó. Mi cabeza golpeó el suelo con violencia. Recuerdo el ruido, seco, mudo y muy cercano. La sangre crecía en un charco que me empapaba el pelo. Morí mirándome al espejo, el mismo frente al que momentos antes me peinaba.
>>No creo que mi padre quisiera matarme. O bueno, igual sí. Pero al final lo que pretendiera no fue importante. Morí de todos modos.
El silencio volvió a reinar entre nosotros durante un largo rato. Ella parecía absorta en sus recuerdos.
-Lo siento, Emily.
Mi voz pareció recordarle que todavía estaba allí. Se volvió hacia mí, y su expresión volvía a ser la que yo recordaba, con unos ojos grandes y expectantes.
-Quiero pedirte un favor. No te lo reprocharía si te negaras, quiero decir, igual no te parece bien... No sé... Pero... Bueno, que me gustaría pedirte algo.
-Lo que sea. ¿Qué necesitas? – Me hubiera gustado cogerla de la mano para transmitirle confianza. Parecía nerviosa.
-He estado en esta casa desde mi muerte. –Comenzó ella.- He visto muchas cosas, pero solo hay dos objetos de los que he estado pendiente. Uno de ellos es el espejo. De algún modo, es mi espejo, porque morí frente a él. Sin embargo, lo perdí de vista cuando lo sacaron de la casa, para venderlo en una subasta hace varios años. El otro, es el libro de magia negra que provocó, aunque fuera indirectamente, mi muerte.
Emily calló un segundo, y yo permanecí en silencio, sin entender qué quería decirme.
-Eric –dijo finalmente, dirigiéndome la mirada más seria y directa que vi nunca en sus ojos.- Sé dónde está el libro. Y me gustaría que me ayudaras a volver a la vida.
***
Me costó un esfuerzo enorme convencer a Nancy, la limpiadora mexicana que trabaja en nuestra casa, de que tenía que llevarme el enorme espejo victoriano que colgaba sobre la chimenea.
-¿Está seguro, señorito Eric? –Había inquirido, desconfiada. Odiaba que me llamara “señorito”.
-Sí... ¿No ves que tiene el marco dañado? –Dije, señalando el perfecto recuadro con volutas doradas.- Mi padre insistió en que debía llevarlo a restaurar.
Nancy frunció el ceño.
-El señor no me ha dicho nada.
-¿No? Bueno, es que me lo encargó a mí. Mira, no te preocupes, yo lo llevo a la tienda, y lo recojo. Tú no tienes que hacer nada.
La mujer no parecía muy convencida, pero no me impidió retirar el espejo. Cuánto pesaba aquella cosa. Aún tengo agujetas de recordarlo.
Emily y yo habíamos rastreado el espejo, y resultó que el comprador que lo había adquirido en aquella subasta tanto tiempo atrás había sido mi padre. De lo más conveniente. Tampoco era de extrañar: en su afán por encajar en esta sociedad elitista y superficial, mi padre, un hombre acaudalado, compraba toda clase de objetos antiguos y tremendamente caros que le permitieran vanagloriarse de su riqueza.
Coloqué el armatoste en la parte trasera de mi furgoneta y me detuve, con la vista fija en el asiento de copiloto, donde descansaba el oscuro libro. Emily tenía razón: aquel libro me ponía los pelos de punta.
Pero mi miedo no tenía nada que ver con su naturaleza oscura. Se debía a algo que había leído el día anterior, algo que ni siquiera mi amiga fantasma sabía aún.
***
-Levanta esa tabla –me había indicado Emily. Con la ayuda de un destornillador, y haciendo de palanca, desencajé una de las tablas del suelo junto a la chimenea.- Marie lo guardó ahí antes de marcharse, cuando acabó la Guerra. Los dueños posteriores no hicieron nada por cambiar el suelo, y, tras el incendio... bueno, no es que haya muchas visitas.
Tras un breve forcejeo, logré extraer la tabla y metí la mano en busca del libro. Allí estaba, tiznado y apestando a humo, pero intacto. Emily saltó de alegría, y me rodeó con sus brazos fantasmales, sin importarle que no pudiera devolverle el abrazo. Sonreí, feliz de verla tan contenta.
-Ábrelo, mira, ve pasando las páginas. –Hice lo que me decía, hasta que, al llegar a una concreta, me pidió que parara.- Es ese. Si leemos esas palabras frente al espejo, el cristal se convertirá en una puerta y podré volver a ser humana.
Emily daba vueltas a través de la habitación, parloteando, haciendo planes de futuro, y mientras, yo analizaba el conjuro, escrito en francés, intentando comprender aquel ritual. Al pie de la página, una breve explicación en mi idioma me llamó la atención. <<La Puerta se abrirá sobre la superficie cristalina durante siete minutos, para eliminar la barrera entre ambos mundos. Pero no debe olvidarse que el equilibrio ha de prevalecer. Si un alma cruza en una dirección otra ha de ocupar su lugar en la dimensión de origen. Si transcurridos los siete minutos no se ha compensado la balanza, todo aquel que haya cruzado será devuelto a su dimensión de proveniencia, y la Puerta se cerrará para siempre>>
Palidecí, y supe que Emily no conocía esa parte. Mi amiga no podría volver a la vida, porque para que ella viniera a mi mundo, otra persona tendría que pasar al suyo. Para que surgiera una vida, otra tenía que ser sacrificada.
-Eric. –Me llamó ella. Había cesado su estallido de felicidad, y había reparado en mi gesto preocupado.- ¿Qué pasa?
Me forcé a sonreírle.
-Nada. Todo va bien. –No estaba mintiendo; todo iría bien.
Porque yo iba a hacer lo que fuese para que ella tuviera lo que quería.
***
-¿Ahí está bien? –pregunté, y ella asintió, impaciente. Desde que había entrado con aquel espejo en la Casa Encantada, Emily tenía una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Ahora, colocado por fin junto a la vieja chimenea, su superficie de cristal nos devolvía nuestro reflejo.
-Sí. –Aseguró ella.- ¿Estás preparado?
Sostuve el libro con fuerza entre mis manos, y asentí. Intercambiamos una última mirada, y comencé a leer. Mi francés no era muy bueno, pero era suficiente. Noté como la temperatura de la habitación bajaba mientras mi voz pronunciaba las palabras de aquel conjuro. Una neblina gris comenzó a flotar en círculo sobre el espejo, acompañada de una brisa cada vez más intensa. Cuando leí la última línea, la neblina se dejó caer como una tela sobre el cristal... y lo atravesó. De pronto, ya no estaba en nuestro lado, sino únicamente dentro del espejo. El viento atravesó el reflejo como si fuera una ventana abierta. Una vez allí, la neblina titiló y se difuminó.
-¿Crees... crees que ya está? –preguntó Emily en un susurro. La miré: se mordía el labio, nerviosa.
Le sonreí para animarla.
-Venga, pruébalo.
Titubeó, pero luego avanzó con firmeza hacia el espejo, y se internó en él. Durante un instante, no vi a Emily por ninguna parte. Contuve el aliento. Y entonces salió. Pero ya no era un fantasma, sino una mujer de carne y hueso.
Nos miramos un instante, emocionados, y luego nos abrazamos. Estaba cálida, y olía a trigo y miel.
-Eric... –murmuró en mi oído- Oh, Eric, soy tan feliz. Gracias.
Una de sus lágrimas resbaló por su barbilla y me cayó en el hombro, mojando mi camiseta negra.
-De nada, pequeña.
Me separé de ella y contemplé su rostro deseando aprendérmelo de memoria. Luego, sin que lo viera venir, la besé. Me dio igual el posible rechazo, o la timidez que sentía: era la última vez que nos veríamos, y no iba a quedarme con las ganas.
-¡Eric! –exclamó cuando nos separamos. No sé qué iba a decir, pero debió ver mi expresión y enmudeció.
-Sé feliz, Emily. –dije a modo de despedida. No esperaba que me retuviera, pero lo hizo. Me sujetó por el brazo y me obligó a mirarla.
-Eric, ¿qué pasa? ¿Qué haces? ¿Por qué te despides? -Callé, pero ella insistió- ¡Eric, háblame!
-El conjuro. –Llegué a contestar.- Ha de haber un equilibrio. Si uno vuelve a la vida, otro debe ocupar su lugar. Para que vivas, debe haber un sacrificio.
Ella se me había quedado mirando con los ojos muy abiertos.
-No... No me lo habías dicho. -Intenté soltarme pero ella no me dejó.- No, no voy a dejar que hagas esto. ¡Tienes una larga vida por delante! ¡No voy a dejarte morir!
Algo se desató en mi interior, y estallé en lágrimas.
-¿Y por qué iba a querer vivir? De todas maneras, no tengo nada. Quiero hacerte este regalo, Emily, déjame hacerlo. Eres la única amiga que he tenido jamás. ¡No quiero vivir si no estás!
Oí el bofetón antes de sentirlo.
-¡No! Es mi última palabra, ¿me oyes?
Volví a mirarla, con la mejilla roja y caliente. No me esperaba ese gesto. Emily estaba furiosa y triste.
-Dices que no quieres vivir sin mí. ¿Y qué hay de mí? ¿Qué pasa si yo tampoco quiero vivir si tú no estás? - Sus palabras me conmovieron profundamente. Besé su frente, y dejé mis labios allí un instante eterno.
Y luego la puerta de entrada se abrió con un estruendo. Nos giramos, sobresaltados, y contemplé a la persona que menos esperaba en aquel momento. Ethan.
El joven estaba borracho, con manchas de alcohol y de quién sabe qué sobre toda la sudadera del equipo de fútbol.
-¡Drácula! Sa... sabía que estabas aquí. Te vi... subir con ese espejo enorme y pensé: “¡Anda! El friki este ha encontrado su casa perfecta.” –Ethan se echó a reír histéricamente, divertido por su propia broma.
-Vete, Ethan. –le dije. Me preocupaba que su presencia pudiera interferir en el conjuro, y además, quería despedirme de Emily en paz.
El chico se acercó a nosotros tambaleante.
-¿Que me vaya? Tú a mí no mme vaas a dar órdenes, friki. –Ethan me clavaba el índice en el pecho mientras hablaba. Apestaba a cerveza. Reparó entonces en Emily, y se giró hacia ella.- ¿Y tú qué? ¿Eres su novia? Estás demasiado buena para el Draculín, de... deberías venirte conmigo.
Intentó agarrarla por la cintura, pero de solo imaginar que la tocaba me subió la sangre a la cabeza. Lo cogí por el cuello de la camisa y lo aparté de mi amiga de un empujón. No llegó a caerse, pero dio un traspié antes de recuperar el equilibrio. Se volvió hacia mí, y ya no me pareció tan alto ni tan grande. Pero después de aquella ofensa, sí que buscaba pelea.
-Te voy a reventar la cara, Drácula. –masculló, y se lanzó hacia mí. Lo esquivé, y le devolví el puñetazo. Sin embargo, lo estaba esperando, y volvió a echárseme encima. En un acto reflejo, lo empujé hacia el frente, lejos de mí.
Ethan trastabilló, y cayó hacia atrás. Hacia el espejo. Solo la mitad de su cuerpo traspasó el cristal, cuya consistencia alterada por la magia parecía la de la gelatina. La superficie del espejo tembló un instante y luego lo engulló, como una boca que sorbiera un tallarín.
Ni Emily ni yo vimos nada, ni de un lado ni del otro.
-¿Han pasado los siete minutos? –pregunté en un susurro.
Ella iba a contestar, pero no hizo falta. La habitación se vio sacudida por un fuerte viento, y la fina neblina volvió a atravesar el espejo, esta vez en nuestra dirección. El humo grisáceo se difuminó, y el cristal del espejo estalló en mil pedazos.
Cuando la lluvia de vidrio roto cesó, ya no había duda: el conjuro había terminado. Y tanto Emily como yo estábamos vivos. Nos quedamos allí de pie, despeinados, sin saber bien qué hacer.
-A ver cómo le explico esto a mi padre. –Dije, pensando en el espejo roto.
Emily se rió y me abrazó. Yo le devolví el abrazo, disfrutando de su calidez.
***
Desde la calle, una oscura figura de mujer contemplaba la Casa Encantada, aparentemente relajada. No había intervenido, pero era consciente de todo lo que había sucedido aquella noche en su interior.
<<Lo has sentido, ¿verdad?>> Sonó una voz en su cabeza. <<El libro ha despertado. >>
-Lo sé. –Contestó la mujer, permitiéndose esbozar una sonrisa.- Ya era hora. Ha pasado mucho tiempo.
<<Entra y cógelo>> Apremió la voz <<No podrán detenerte; no están preparados>>
La mujer negó con la cabeza.
-No tengas prisa, querido. Todo llegará. Ese libro volverá a nosotros, tarde o temprano.
Notó la leve decepción de su interlocutor, pero no le hizo caso. Ella sabía lo que decía.
La luna estaba llena aquella noche, y su poder la inundó por dentro, regenerándola. Una nueva sonrisa, salvaje y peligrosa, se adueñó de su rostro de ébano.
-Volveremos a vernos, pequeña Emily. –dijo y su voz sonó engañosamente dulce.

Marie dio media vuelta y se perdió en la noche.

May Parodi

Ruido

Ruido. Cuánto ruido había en aquella cafetería. Había tal barullo entre las conversaciones de las mesas y el tráfico que a la chica le costaba incluso pensar. Odiaba profundamente el bullicio de la ciudad, su atronadora cacofonía insoportable. Indicó a la camarera que le dejaba el dinero bajo el servilletero y echó a caminar, buscando la soledad y el silencio de una de las calles secundarias.
No tenía muy claro por qué había salido esa noche. Aunque lo cierto era que últimamente toda su vida era así: a la deriva y carente de sentido. ¿Cuándo había comenzado ese avance sin rumbo? ¿En qué punto se había convertido en aquella persona a la que el mundo entero le resbalaba?
En su andar llegó a la entrada de un viejo parque, cuya puerta enrejada aún estaba abierta a pesar de la hora que era. “Se habrán olvidado de cerrarla” pensó, y entró buscando el oscuro manto de los árboles. En el centro de aquel entramado yacía una vieja fuente de piedra que llevaba años sin funcionar. La parte superior se había partido y sus trozos se hallaban desperdigados por el interior. Podía apreciarse que en su día la fuente había sido de tonos ocres, pero la pintura se había ido descascarillando, y ya solo quedaban franjas desteñidas. Dentro había latas de refresco vacías, colillas de cigarrillos y toda clase de inmundicias que la gente había ido tirando.
A ella le daba igual. Podía ver a través del deterioro y del maltrato: podía apreciar lo grandiosa que en su día había sido aquella fuente. Después de todo, ella había visto alzarse imperios enteros que hoy en día se encontraban en el mismo estado que aquella piedra, o que ya ni siquiera existían. Ella sabía que la magnificencia y la decadencia son la misma cosa, y que lo único que las separa es el tiempo.
Se recostó sobre el borde más limpio de la estructura en ruinas y se colocó las manos tras la cabeza para poder contemplar el cielo.  Estaba nublado, por lo que las estrellas solo eran visibles a ratos.
Otra vez sintió una punzada de tristeza, de inquietud, de desasosiego. “Yo antes no era así” se dijo “Antes todo era diferente”
-¿Qué era diferente? –Preguntó una voz proveniente de sus pies. Ella se incorporó, sobresaltada, y vio que el que había hablado era un chico que estaba sobre el muro, a solo un metro de ella.
Era un muchacho de apariencia adolescente, de cabello castaño, constitución menuda y ojos oscuros. Se hallaba acuclillado, y vestía ropas holgadas. “Será uno de esos hippies”, pensó ella, intentando, sin éxito, encajar a su interlocutor en alguna categoría social. El chico la observaba fijamente, con una mirada curiosa e inteligente que parecía estar escudriñando cada esquina de su ser. La leve sonrisa que se le dibujaba en la cara, como la de un coleccionista de insectos que acaba de encontrar un extraño ejemplar, hizo que se le erizara el vello de la nuca.
-¿Quién eres? ¿Te conozco? –inquirió ella alejándose disimuladamente del escrutinio del muchacho.
-¿Conocerme? –replicó él con un tono juvenil y alegre que no pegaba para nada con su expresión ni con el lúgubre entorno. Bajó casi deslizándose de su posición sobre el muro. Avanzó hasta el árbol más cercano, un joven ejemplar de ciprés, le arrancó una ramita, y se puso a juguetear con ella.- Tú me has visto muchas veces, pero no me recuerdas. Yo a ti, en cambio, no podría olvidarte.
Ella sintió un escalofrío que le subió desde la base de la espalda hasta la nuca.
-Ya… -contestó la chica, poniéndose de pie como pudo. El movimiento fue más brusco de lo que ella pretendía, y la joven se sorprendió a sí misma al notar su propio miedo.- Creo que debería irme.
Ella no era una mujer cualquiera: no era una débil humana. Ella había vivido durante siglos, se había enfrentado a peligros indecibles, y había cometido actos atroces. Había sido testigo de las crueldades más extremas, alguna de las cuales ella misma había provocado. No tenía sentido que ahora la atemorizara la presencia de un muchachito tenebroso.
-No te vayas, Anabel. –la llamó el chico cuando ella ya se había echado a andar. La sangre se le heló en las venas, y la chica se detuvo en seco. Hacía décadas que nadie la llamaba por ese nombre. Desde antes de la Gran Guerra. Desde antes de la Revolución. Antes incluso de convertirse en lo que era ahora.- No deberías irte. Tenemos que hablar.
Anabel retrocedió casi sin darse cuenta, y se dejó caer sobre el murito de la fuente, ya sin prestar atención a ver si estaba limpio o sucio. Si su piel tuviera color, ahora la sangre se le habría ido de la cara.
-¿Quién eres? –repitió con un hilillo de voz.
El muchacho se colocó de un salto sobre la fuente, y se arrodilló junto a Anabel desmenuzando la ramita de ciprés con una actitud infantil que contrastaba de forma grotesca con la oscura diversión que se reflejaba en sus facciones y la inquietante mirada de aquellos ojos penetrantes.
-Lo importante es quién eres tú, Anabel. –La chica volvió a sentir un escalofrío cuando él pronunció su nombre, como la caricia de un témpano de hielo en el cuello.- Ahh… -fingió él un suspiro. Terminó de deshacer la ramita y se echó cuan largo era, reposando la cabeza sobre el regazo de la muchacha.
Ella no vio venir el gesto, así que no le dio tiempo a retirarse. Se le tensaron todos los músculos del cuerpo, rechazando aquella cercanía. A pesar de llevar vaqueros, Anabel notó el contacto de la cabeza sobre sus piernas con absoluta claridad. Casi le dolía la piel del frío tan intenso que él desprendía.
-Tú –continuó él- eres la Princesa de Hielo, ¿no te llamaban así durante la Guerra? La mujer sin compasión, que mataba a todo aquel que se le interponía, dejándolo frío como una estatua de hielo. ¿A cuántos desangraste? ¿Llevabas la cuenta? –Los ojos del chico parecían no parpadear de tan fijos que estaban. Anabel los sentía clavándose en su rostro. Habría jurado que se volvían negros como el carbón por momentos. El tono jovial de aquellas afirmaciones no hacía sino acentuar el pánico que le provocaba su exactitud.- Eras el soldado perfecto, ¿no es cierto? No te afectaban los disparos, ni las bombas, ni la moral. ¡Cómo aprovechaste esos años! La verdad es que estoy orgulloso de ti.
Una enorme lágrima cayó desde los ojos de Anabel, y aterrizó en la comisura de los labios del muchacho, que sacó la lengua y saboreó el líquido. Ella dio un respingo, y él se rió entre dientes. Luego se incorporó, se bajó del muro, y se acuclilló frente a la chica, apoyando los codos en sus rodillas, con toda confianza. Nuevamente, el frío se hundía hasta el hueso en cada parte de su cuerpo que él tocaba.
-Pero debías saberlo, ¿no? Debías sospechar al menos que un poder así no podía ser gratuito. –Ella siguió sin contestar. Ahora las lágrimas se deslizaban sin freno por sus mejillas. Le temblaba el labio, y su cuerpo se negaba a introducir aire en sus pulmones.- Lo de la Princesa de Hielo, vale. Había sido un período duro, tenías hambre… Pero, y ¿lo de la Revolución? ¿Toda esa gente a la que torturaste y mataste? Aquellos niños del Monasterio… Tan jóvenes… He de confesar que me sorprendiste hasta a mí.
-¡Esa no soy yo! –gritó ella, con la voz descompuesta, por fin capaz de despegar los labios. La sorpresa de oírse a sí misma la dejó muda un instante. Se recuperó enseguida, y repitió, esta vez con más convicción.- Esa no soy yo. Eso está muy atrás… en el pasado. Yo he cambiado, ya no hago esas cosas. Ahora soy buena, hace años que no tomo una vida… Yo…
Fue interrumpida por el estallido de carcajadas del muchacho, que se echó al suelo convulsionándose con violentas risotadas sin control, en un arranque macabro de diversión histérica.
Ella vio entonces su oportunidad de huir, y comenzó a incorporarse con disimulo. No llegó a dar un paso: en cuanto se hubo puesto en pie, una fuerza brutal la empujó obligándola a volver a sentarse.
Primero notó el dolor del golpe, y luego atinó a fijarse en qué la había embestido. Había sido el muchacho. Tenía ambas manos puestas sobre sus caderas, y  no había rastro de risa o humor en sus facciones. La constitución menuda de su cuerpo era pura fachada: la potencia del gesto había sido inhumana. El silencio súbito se posó sobre su piel como una capa de escarcha: durante largos segundos,  ni siquiera se oyó el ruido amortiguado del tráfico que tanto la había molestado antes.
-Sí –dijo él, esta vez con una voz limpia, carente de emoción, tan vacía como su mirada. Ya no había nada pueril en su actitud.- Eres tú, Anabel. No importa cuánto tiempo pase, cuántas veces te cambies el nombre, ni cuán lejos te vayas. El pasado no se diluye, ni se evapora. Te persigue, y un buen día, te alcanza.
No sentía las piernas, ni nada más abajo de las caderas donde las gélidas manos del muchacho la sujetaban. Y se dio cuenta de no era una mera sensación: se estaba congelando de verdad. Casi podía oír como su piel cristalizaba en arañas de hielo puro que se hundían con suaves crujidos solidificando los músculos hasta enredarse con muda rotundidad en sus ateridos huesos.
-¿Eres el diablo? –preguntó con gran dificultad. La saliva había comenzado a helársele, y los trocitos de cristal le arañaban la garganta. Hubiera llorado, pero ya no le era posible. Las lágrimas se le habían congelado sobre las mejillas, formando pequeños arroyos transparentes detenidos en el tiempo.
Él esbozó una sonrisa que, de no ser por aquellos ojos, podría haber resultado amable. Alzó la mano y le acarició la cara. El roce de sus dedos sobre su rostro aceleró el proceso en la zona,  creando nuevos carámbanos a su paso.
-El diablo no existe, Anabel. El mal está en todos nosotros.
El chico se inclinó sobre ella y la besó en los labios. Fue un beso extraño, como todo en aquel muchacho. Un beso helado, que terminó de convertir a Anabel en una estatua de granizo. Un beso dulce, que traía consigo tanto dolor como placer. Un beso compasivo, que otorgaba el perdón a quien tanto lo necesitaba. Un beso vengativo, que daba su merecido a un ser depravado. Un beso piadoso, que ponía fin a la dura eternidad.
El chico se separó de la estatua de hielo, y dedicó unos instantes a contemplarla. Realmente era una imagen bella. Una sonrisa auténtica se dibujó en su rostro. Le dio un beso fugaz de despedida en la frente.
Luego se puso de pie, se colocó las manos en los bolsillos de su amplio pantalón y dejó el parque atrás, zambulléndose en el ruido de la ciudad.

Ruido. El ruido ensordece, el ruido perturba, pero, al final, el ruido es vida.

May Parodi