Archivo del blog

20 febrero, 2015

45 preguntas para conocerme mejor

1. Nombre
May
2. Signo de zodíaco
Virgo
3. 3 miedos.
La soledad, las arañas, perder algo importante
4. 3 cosas que ames
La música, la lectura, los planes de improviso.
5. Tu mejor amigo
Tengo varios, y sería injusto decantarme por uno. Ahora mismo, por cercanía, Fran y María.
6.  La última canción que escuchaste
9 crimes – True Blood Version. <3
7.  3 cosas que te entusiasmen
La buena fiesta, una conversación estimulante, el yogur griego (xD)
8. 3 cosas que te desmotiven
La universidad, la injusticia, no poder ayudar a los que me importan.
9.  Color de ropa interior que llevas ahora.
Negro. Qué sorpresa, ¿no?
10.   Cuántos tattoos y piercings tienes
5, 4 tattoos y 1 piercing
11. Cómo te sientes ahora mismo
Cansada, inquieta, con el hormigueo de la inspiración bullendo, y ningún foco donde verterla
12. Algo que de verdad desees
Aventura. Cambio. Emoción. Amor.
13. Estado civil.
Soltera.
14.  Si tienes apodo, ¿qué significa?
Mis amigos me llaman Big Momma, porque soy grande, y porque teníamos el cachondeo de hablar en plan ghetto, y tal, y les pareció que me salía muy bien xD.
15. Peli favorita
Estoy entre Underworld, o El viaje de Chihiro.
16. Canción favorita.
Bring me to life (Ev), 9 crimes, Last Flowers (RH).
17. Banda de música favorita.
Evanescence, My Chemical Romance.
18. 3 cosas que te cabreen.
La gente impuntual, las injusticias sociales, la prepotencia
19. 3 cosas que te alegran el día.
Que mis amigos estén de buen humor, que surjan planes inesperados, que se suspendan las clases.
20. Qué encuentras atractivo en el sexo opuesto.
Físicamente, espalda, manos y ojos. En general, actitud provocadora, inteligencia y buen corazón.
21.  Alguien a quien eches de menos.
Echo de menos a mucha gente, porque la mayoría de la gente a la que quiero vive lejos. Ahora mismo, a Alfy, porque hace un ratito hablé con él, y tengo su ausencia muy presente.
22. Alguien a quien ames.
Mi familia. Mi madre, mi tía, mi primo. Mi perra.
23. Tu relación con tus padres.
Mi madre es una de las personas más importante de mi vida.
24. Un famoso con el que te gustaría salir.
Johnny Depp, Alexander Skarsgard.
25. Una confesión.
A menudo, me caen mejor los perros que los humanos.
26. 3 cosas por las que podrías llegar a matar.
Por mi familia, por defender a otro, por una injusticia mayor.
27. Tu animal favorito.
Doméstico, los perros. En general, los lobos, los búhos y las ardillas.
28. Mascotas.
Tengo una perrita de 8 años que se llama Ariel.
29. Una cosa sobre la que has mentido.
No suelo mentir. Lo único que se me ocurre es haber mentido sobre tener la tarea hecha.
30. Algo que te preocupe en la actualidad.
Lo de siempre: dinero, para poder seguir adelante.
31. Una anécdota embarazosa.
El otro día, en clase de interpretación, salió el tema del uso científico de los huevos (sí, lo sé, tema random donde los haya...). Pregunté en voz alta que a qué huevos se refería, pensando en si sería los de cocinar o células madre, óvulos y ese rollo. La cara épica de la profe y el descojone general me recordaron que la gente tiene la mente muy sucia.
32. Dónde trabajas.
Actualmente no trabajo. Solo estudio en la universidad.
33. Algo que esté constantemente en tu cabeza.
Música, si tendré bien el pelo, cuándo podré volver a casa a dormir
34.  3 de tus hobbies
Leer, cantar, pasear.
35. Tus metas futuras.
Ser independiente económicamente, encontrar pareja, desarrollar mis habilidades. Uno de mis sueños es abrir un pub.
36. Algo con lo que fantasees.
Pues, no sé, a veces sueño despierta y me imagino que me dan un Grammy. A veces, practico el discurso de aceptación, y todo xD
37.  Tu tienda favorita.
El herbolario.
38. Tu comida favorita.
El pastel de carne de mi señora progenitora, y su inigualable postre de boniato.
39.  Qué hiciste ayer
Fui a clase, volví, preparé unas runas de porcelana (mi amiga Fran y yo estamos haciendo runas, para tener las nuestras propias), cené y dormí.
40. Algo que se te de bien.
Me gusta cantar y escribir, y la gente dice que ambas cosas se me dan bien.
41. Una cita perfecta.
Tiene que incluir una charla profunda, en un sitio oscuro y solitario desde el que se puedan ver bien las estrellas. No debe haber más humanos alrededor.
42.  El nombre del chico que te gustaba en el instituto.
Nunca me gustó nadie del instituto. De más niña, me gustaban actores y cantantes. Hubo una época en que estaba enamorada del cantante de Tokio Hotel.
43. Páginas webs favoritas
Asco de Vida y sucedáneos, y algunas wiccanas.
44. Número de niños que te gustaría tener.
3, dos niños (gemelos) y una niña.
45. 3 adjetivos que te definan.

Pasional, protectora, fuerte.

05 febrero, 2015

Tengo Hambre




Tengo un monstruo en mi interior. Es un monstruo que lleva conmigo desde que tengo conciencia, un ente cruel y despiadado al que me gusta llamar Hambre. No me refiero al hambre que se siente cuando se lleva sin comer un par de horas; me refiero a un Hambre más profunda, duradera. Un Hambre que te encoge las tripas, que te detiene en el tiempo, que te consume. El Hambre es necesidad, pobreza, no tener lo suficiente para vivir. Es un Hambre omnipresente, una sensación que te quita el sueño, que te drena la sangre. Es un Hambre que no se va con comida.
El Hambre tarda un tiempo en instalarse: no entra en uno con facilidad. Las personas podemos impedirle la entrada al principio, porque somos resistentes, y sus garras, aunque hieren, tardan un poco en abrirse paso. Podemos resistir un tiempo, limitando caprichos, como comprar menos ropa, o restringir la compra adquiriendo los productos estrictamente necesarios. No cuesta tanto.
Al principio, las heridas que nos provoca el Hambre no son suficientes como para hundirte. A medida que gana terreno, sin embargo, aguantar de pie comienza a no ser tan fácil. Levantarse de la cama es cada vez más difícil. Cuando ves que tu familia está sufriendo estragos y privándose de lo básico para que a ti no te falte, el Hambre empieza a ganar la batalla. Este monstruo se manifiesta de diferentes formas: a mí, por ejemplo, me aprieta las entrañas en una perpetua angustia. Cuando estoy con otras personas, logro sofocar su presencia hasta que no es más que un sordo eco en mi estómago. Pero cuando estoy sola, me agarra tan fuerte que apenas puedo respirar.
Entonces es cuando te das cuenta de que el Hambre es ya parte de ti. Y pasan los días, las semanas, los años, y cada vez que te ves obligado a negarte algo, el Hambre crece un poco más, y sus uñas son un poco más afiladas. Te cuesta dormirte, porque el monstruo y tú apenas cabéis en la cama. Y viene el miedo a que te quiten lo poco que tienes, la angustia porque no hay nada que hagas que pueda frenar su avance. El solo hecho de estar vivo te cuesta dinero, y no ganas lo suficiente, sin importar cuánto de ti entregues. Es como estar atado de pies y manos con alambre de espino que se clava a tu cuerpo, y cada movimiento abre nuevas heridas: si intentas liberarte, sangras. Si te quedas quieto, también.
El Hambre te va atrofiando los músculos, se va alimentando de tu espíritu, de tus ganas, de tus sueños. El mundo se va moviendo a tu alrededor, pero el Hambre se encarga de que tú te quedes quieto. Tus amigos siguen saliendo a tomar una cerveza al bar; siguen yéndose de excursión, siguen viajando y aprendiendo. Pero tú hace mucho que has dejado de poder permitirte nada de eso. Al principio, quizá te invitaran, pero no lo pueden hacer siempre. Así que ellos avanzan, y tú te quedas. Quieto. Congelado. Te consumes. Te apagas.
El Mundo moderno está encantado con el Hambre. Es su mascota favorita. Es él quien se encarga de que el monstruo no se debilite. Cuando encuentras algo en lo que refugiarte, algo que te permita acallar al Hambre un rato, el mundo se encarga de que ese algo desaparezca. Lo privatiza. Te lo quita. Y las heridas del Hambre se van haciendo cada vez más dolorosas con el tiempo: perder lo más ínfimo ahora que el monstruo está asentado puede ser un golpe muy duro.
En nuestra lucha contra el Hambre, el Mundo moderno y aquellos que lo manejan hacen lo posible por que perdamos. No nos dan trabajo. No nos quieren porque somos demasiado mayores, no nos quieren porque no tenemos experiencia, no nos quieren porque estamos sobre preparados. No nos quieren, y punto. Hay muchos humanos, piensan, cuántos menos queden, más para nosotros. Pero no te lo dicen así: te lo dicen con una sonrisa, y varias leyes que los amparan. Te condenan a muerte, y todos lo sabemos, pero tú estás obligado a devolver la sonrisa.
Y lo más cruel de todo es convivir con aquellos que solo conocen el Hambre de oídas. Esas personas que alguna vez han sufrido algún zarpazo, pero que nunca han llevado al monstruo dentro. Supongo que esa es otra de las estrategias del Mundo para hacerte caer: obligarte a oír a diario como esas personas hablan de su vida plena, de sus actividades, de sus desahogos, de sus viajes y compras. Oír mientras te hablan de una vida que el Monstruo te ha arrebatado, o, como en mi caso, que nunca has llegado a tener. Una vida que mereces tanto como ellos, pero que no tienes. Ellos hablan y se ríen, y tú tienes que reírte con ellos, y soltar uno o dos “¡Qué bien!” porque es lo que se espera de ti. Si no, serías un egoísta y un egocéntrico, ¿sabes?
Llega un momento en que me pregunto hasta qué punto sigo siendo humana. El Hambre ha estado en mí tanto tiempo que, a veces, cuando me miro al espejo, solo la veo a ella. Hasta cuándo puede sobrevivir alguien que no se permite nunca nada de lo que necesita para nutrir el espíritu. Cuántas necesidades restringidas más necesitará el Hambre para ganar esta guerra. Cuánto tiempo me queda antes de convertirme en lo que el Mundo quiere que sea: un envoltorio vacío y sin alma que pueda utilizar a gusto.
Esto es como una enfermedad terminal: he entrado en la fase final. Ya no lloro, porque tengo miedo de que me roben las lágrimas. Ya no hablo, porque temo que me cobren el discurso por palabras. Ya no siento, por si acaso eso también lo termino perdiendo. Lo único que queda es la curiosidad: un leve y lejano interés por ver qué pasará cuando el Hambre engulla de mí la última gota.
Mi caso no es un caso aislado: somos cientos, miles, millones. Muchos caen a diario, sucumbiendo ante las garras del enemigo. No hay más que ver los muchos suicidios de aquellos que pierden su casa, o la custodia de sus hijos por no poder mantenerlos.
Es tan evidente, tan obvio, que no puedo evitar preguntarme si los líderes -esos que se comen todo lo que hay a su paso, esos que han creado al Hambre robándonos nuestra comida- sufren de algún tipo de retraso mental. Si no es así, ¿cómo se explica que ellos tengan tanto y nosotros tan poco? ¿No se dan cuenta de que esto no es sostenible? ¿No ven que nos están aplastando con su avance?
Entonces lo veo claro: sí que lo ven. Lo saben. De hecho, lo habían previsto.
Y no les importa.
Les da igual que caigamos a millones, si ellos pueden seguir devorándolo todo. Y si esto es así, yo, hecha jirones irreparables y presa de un monstruo insaciable, soy más humana que todos ellos juntos. Porque a mí sí me importa.
La curiosidad vuelve a brotar cuando reparo en el fallo. Un detalle fatal que ellos no han tenido en cuenta, o, más probablemente, que han subestimado. Y es que ellos están jugando con fuego, con algo que no pueden controlar. Toda nuestra Hambre crece; nuestro decoro y nuestra educación pierden terreno. Día tras día, va avanzando, unificándose, haciéndose más y más imponente. El Hambre es más fuerte que la razón, más arrolladora que cualquier lógica.

Y cuando ya no quede nada de nosotros -ni compasión, ni miedo, ni paciencia-, el Hambre los devorará a ellos.

May Parodi

Una mirada por fuera del tiempo

Últimamente sigo la filosofía de nunca callarme ningún pensamiento o sentimiento positivo: después de todo, el mundo ya está lleno de afirmaciones negativas, así que algo bueno de vez en cuando siempre sienta bien. Así que hoy, que me siento extrañamente inundada de gratitud, voy a permitirme mi minutillo de sensiblería y a postear mi cariño.
Es extraño como las cosas realmente buenas se dan principalmente en contextos de presión, o en momentos que a priori parecen nefastos. Nunca sabremos cuánto necesitamos algo hasta que nos falta, y nunca disfrutaremos más de ello que cuando podamos volver a tener al menos un poco. Nunca saborearemos más un sorbo de agua que cuando hemos pasado sed. Nunca entenderemos cuán placentero es dormir hasta después de sufrir insomnio. Nunca una sonrisa nos parecerá tan bella como un lunes por la mañana
En períodos de vacaciones, entro en una especie de “coma” anímico muy curioso. Soy incapaz de emocionarme por nada, incapaz de sentir nada con la misma fuerza que en otros períodos. No me enfado, no me divierto, no me indigno, no estoy ahí. Es como si existiera en otro plano, lejos de todo lo que me rodea. Nada me afecta. Supongo que es mi respuesta ante la falta de rutina y contacto humano. Y sí, es un estado muy cómodo, porque nada puede alcanzarme. Nada puede hacerme daño. Pero no es sano, ni viable a largo plazo, porque, al fin y al cabo, soy humana, y necesito de un plano emocional funcional para existir como tal.
Debido a este “coma”, la vuelta a la actividad resulta tan chocante, como pasar del agua caliente a la fría en un spa. Vivía en una burbuja, que, de pronto, ha estallado, lanzándome, vulnerable, a la tormenta oceánica del día a día. Todos los ruidos son demasiado altos, toda la gente piensa demasiado rápido, las responsabilidades vuelven con la fuerza de un tsunami. La confusión y el rechazo me inundan, y solo deseo echar a correr y volver a meterme en mi cama.
De pronto, vuelven las emociones. Odio madrugar. Odio la universidad. Odio los coches, y el ir y venir incesante de gente con el ceño fruncido. Odio las multitudes, las expectativas, sacrificar lo que me gusta por lo que debo hacer. En definitiva, odio todo lo que se halle fuera de la protección de las cuatro paredes de mi cuarto, la habitación más segura, cálida y calma del mundo entero.
Pero entonces, al hacer balance de los estragos, me doy cuenta de que hay estrellas que brillan en la negrura. Y es ahora, cuando más falta me hace la luz, que realmente llego a valorarlas.
Llegar a clase y ver a María es lo mejor que me puede deparar la mañana. Ahora me doy cuenta de cuánto la he echado de menos: lo bien que trabajamos juntas, la forma en que nos entendemos a la primera, su manera de pensar, tan propia y diferente a la mía que me obliga a replantearme las cosas.
Volver a ver a mis compañeros que se han ido de Erasmus, (Kathryn, Maca, Mario...) y ver cómo hemos cambiado, cómo hemos crecido en este último año, tanto ellos como nosotros, me produce un extraño orgullo. El reencuentro me recuerda invariablemente que el tiempo pasa, y que nos hacemos mayores. Somos distintos, y el cambio me inquieta, y al mismo tiempo me tiene expectante. Como si, por momentos, el pasado, el presente y el futuro fueran uno en nuestra aula, y solo yo pudiera verlo.
Y finalmente, ver de nuevo a algunos amigos, cuya sola presencia me hace querer llorar de alivio, como si fueran un bálsamo sobre mi piel quemada por el sol: Javi, Fran, Sora (aunque esté lejos). Esta extraña percepción del tiempo que he adquirido me muestra con claridad algo que parece obvio, pero que en general no se suele comprender del todo: nada es eterno. ¿Cuántas tardes más pasaré viendo series con Fran? ¿Cuántas tardes de rol, rodeados de hummus y nachos, me quedan con Javi, Mario o Alfred?
¿Cuántas mañanas más tendré que despertarme a las seis y media para ir a clase? La nostalgia es adictiva, y hay que tener cuidado con ella, pero ahora me permite entender la importancia de cada uno de estos momentos con la gente que quiero. Me permite ver más allá de lo obvio, más allá del engorro del día a día, y me llena de gratitud, y de un cariño sincero que crece como la espuma, y que hace que valga la pena todo lo malo.

Así que gracias. De verdad. Os quiero.

May Parodi